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Brian en Málaga con un grupo de amigos
El adolescente que montado a caballo y amparado a la luz de la luna paseaba por los campos de Georgia, Estados Unidos, jamás imaginó que, muchos años más tarde, sería el responsable de crear un nutrido grupo de intercambio de idiomas en Málaga, España. En ese entonces, Brian Justice era un muchacho que se metía en problemas todos los días en la escuela por las mañanas y ayudaba a su madre en su granja por las tardes. En los veranos azotados por el sol, esperaban a que la noche llegara para montar sus caballos y observar las estrellas recorriendo aquellos campos libres de contaminación lumínica. Entre aquellos parajes y Jacksonville, Florida, pasaron sus años de niñez y adolescencia.

La vida de estudiante problemático no le molestaba demasiado. Lo que a otros estudiantes les costaba la expulsión de la escuela, Brian saldaba con unos cuantos azotes. “Me azotaban los profesores y me azotaba mi madre después”, recuerda. Sus muy buenas calificaciones siempre le salvaban de una expulsión segura. “Era un dilema para los profesores, ¿cómo echar a un chico que se mete en problemas todos los días y cuyas notas son perfectas ?”. La universidad ya fue otra cosa. Construir era algo que le apasionaba, así que se decidió por la arquitectura. Una vez terminada la carrera, decidió hacer las maletas.

En el 2005 aterrizó en España. Hasta entonces, su única experiencia en un país distinto había sido una semana en México. Sin siquiera tener idea del idioma, en España su vida cambiaría, incluso en maneras que él nunca hubiera sospechado. Algunas cosas que hasta entonces consideraba normal, empezaron a cambiar. Por ejemplo, los nombres de los países. Para él los alemanes llamaban a Alemania, Alemania; los franceses se dirigían a Alemania como Alemania y los rusos hablaban de Alemania como Alemania. “No había caído en la cuenta de que había Alemania, Germany, Deutchland...” —rememora entre risas—. “Son cosas que piensas, ¿cómo es que no se me había ocurrido si quiera pensar en algo tan obvio?”

En uno de sus últimos intercambios
Su vida en España comenzó como la que había terminado en Estados Unidos. Vino para estudiar español durante un año. En ese tiempo estuvo viviendo en varias ciudades hasta llegar a Málaga. Primero fue Salamanca, donde estuvo tres meses, tiempo suficiente para poder comunicarse en español. Después vino Granada. Allí quedó impresionado. Por aquel entonces Granada estaba llena de bares que ofrecían cerveza y tapa por 1€. El estilo de vida, contrastaba con el de Estados Unidos. “En Granada se podía salir con 10€ pasarla bien, cenar y emborracharse”. A la ciudad Andaluza le siguió Valencia y después Madrid. Ninguna de las dos le convenció, de modo que se mudó esta vez a Tenerife. Allí la vida le parecía muy relajada. Demasiado bueno. “Estuve tres meses, y me ofrecieron un trabajo de 30 horas por semana en un bar, pero me sentía como si estuviera jubilándome”. Fue entonces cuando decidió ir a Málaga.

Un año después de haber llegado a la ciudad, empezó con el intercambio de idiomas. Al principio, se trataba solo de un proyecto para integrar a los alumnos de la escuela donde trabajaba. La Casa Invisible, un centro cultural social, fue su primer “local”. Desde ese primer paso han habido muchos cambios: se reunieron con otro grupo, pasando de tener entre cinco a diez personas por día a tener entre 30 a 40; poco después encontraron su propio espacio. “Un garaje descuidado que transformamos en un pequeño local”. Luego se mudaron al local de al lado, un poco más grande, donde estuvieron alrededor de un año. Fue aquí donde el intercambio de idiomas vivió sus días de más afluencia y desarrollo. Se hicieron subastas, galerías de arte, conciertos, comidas... El grupo creció tanto que incluso se organizaban barbacoas y torneos de voleibol en la playa. Pero con más eventos venía más trabajo. En busca de ayuda, Brian hizo un trato con la gente dispuesta a echarle una mano: comida y alojamiento a cambio de unas cuantas horas ayudando en el local. El lugar se encontraba en la planta baja y su casa en el primer piso del mismo edificio, de modo que el trato ofrecido no era descabellado. “En total, he tenido unas 15 personas ayudándome” —rememora—. “Un chico de Corea, que hasta hoy en día me sigue ayudando. Luego gente de España, Brasil, Estonia, Hungría, Polonia, Ucrania, Ecuador...” Algunas de esas personas siguen en Málaga. Llegaron de paso o buscando una corta estancia y acabaron encontrado aquí su destino: un trabajo, una actividad de interés, una pareja estable...

En una barbacoa, el año pasado
Y es que así es como ha funcionado realmente este experimento multicultural. No solo ha servido para que toda clase de artistas promocionaran su arte, también ha servido como un filtro social. A las personas que vienen de otros países, les es más fácil integrarse en la ciudad. A los que viven aquí, les es más fácil comunicarse con extranjeros. Se han formado muchos grupos de amigos, atraídos por intereses en común; algunos han logrado encontrar trabajos, a otros les resultó más fácil encontrar un piso que alquilar. “Si juntas a un grupo de gente de diferentes nacionalidades, y les pones un poco de alcohol en lo alto, estas cosas pasan. Yo no tengo que hacer nada”.

Ahora el intercambio de idiomas de Brian ha vuelto al lugar donde empezó: la Casa Invisible. Él sigue buscando más alternativas y fórmulas para continuar con este nutrido grupo de gente. Planes pueden haber muchos, pero inmediatos solo unos pocos. A Brian esto no le incomoda demasiado, simplemente va paso a paso. Actualmente trabaja en acomodar su terraza para poder reunirse allí una vez por semana. También habla con el Ayuntamiento para que le cedan uno de los muchos terrenos descuidados de la ciudad. Mientras tanto, el intercambio continúa, moviéndose de acuerdo a las circunstancias. Y aunque él puede pensar que no ha hecho nada, la verdad es que ha hecho mucho. Son muchas las historias humanas que se han formado con su proyecto, muchos los lazos de amistad que atraviesan fronteras, muchas las formas de pensar que han cambiado, mucha la humanidad que se ha creado. 

Brian de Florida, Estados Unidos.

En el primer recuerdo que tengo de mi vida, soy un niño de cinco años construyendo un muñeco de nieve. Es increíble pensar que ha pasado tanto tiempo y tener ese momento en mi mente de forma tan vívida. Yo acababa de recolectar un montón de nieve con el que mis pequeñas manos formaban un gran círculo. Era una tarde helada, mis dedos estaban fríos, pero yo era feliz.

Aquel día, yo ya estaba contento desde hace mucho antes. Mis padres me recogieron de la guardería un poco temprano. Eso solo significaba una cosa: algo especial o único nos esperaba. De modo que tuve una sonrisa todo el camino. Fuimos al lugar donde solíamos ir todos los inviernos: una enorme casa, una especia de resort, en la punta de una montaña. A su alrededor, solo bosque, excepto por un precipicio de nieve por el que solíamos bajar en trineo. La casa estaba tan alta que era difícil volver a subir. Por dentro, la enorme casa me impresionaba con su gran fogata y sus cabezas de animales en las paredes. Habíamos tardado unas dos horas en llegar desde Budapest. El lugar se llamaba Törökmező. Ese es el lugar de mi primer recuerdo; el lugar donde, con mis frías manos, construyo mi primer muñeco de nieve.

Es un sitio mágico para mí, con muchos momentos de mi niñez. Una vez, ya cuando tenía siete años, le pregunté a una chica que a qué grado iba ella. Son las típicas preguntas de un niño que no tiene mucha idea sobre la edad. Ella me respondió que a primero. Pero claro, ella se refería a primero de la escuela secundaria y yo, en mi inocencia infantil, pensaba que hablaba de la primaria. Me quedé pensando por un momento: “Es un poco vieja para estar en primero. ¿Cómo alguien puede fallar tantas veces el mismo grado?”. Por todo este tipo de cosas es que este lugar es especial para mí. Algún día me encantaría volver. Sé que por una parte mataría la ilusión de aquel entonces, pero sería muy bonito ir y revivir muchas cosas. Y quién sabe, a lo mejor construir otro muñeco de nieve.


Levente de Budapest, Hungría.


Momentos felices he tenido muchos, todos dignos de recordar. Pero esto para mí tiene muchas direcciones. No tengo un día especial; intento que todos los días sean felices. ¿Si viene un contratiempo? Simplemente mirar la vida con actitud positiva. Si das un vistazo alrededor, siempre encontrarás a alguien que te inspire una sonrisa. Por lo menos, es lo que yo intento. Hay que intentar sacar lo positivo de la gente. Y que alguien me mire y me diga: “Tú sin necesitar nada eres una persona feliz”, es algo muy bonito. Hay mucha gente llena de vacío y piensan que la felicidad la van a encontrar en un centro comercial, o comiendo hasta reventar, o en un deporte que solo practican para exhibirse. Esa es una felicidad de ocasión, que tiene fecha de caducidad. Por eso yo intento que todos los días sean felices. No importa si tengo que hacer el payaso. Ver una sonrisa en otro rostro es mi mayor regalo.


Santiago de Asunción, Paraguay. (Y a pedido de él: también de Uruguay, de España, de Italia y del mundo entero).

Nació en un pequeño pueblo pintado entre la sierra y la selva peruana, trabajó desde niño en el campo, cosió sacos mantas, fue personal de limpieza mientras estudiaba por las noches y llegó a ser ayudante de contable. Esta es la increíble historia de Omar Olivera.

Cuando Omar Olivera recuerda su niñez, lo primero que le viene a la mente son sus abuelos. Por aquel entonces, era un niño más que jugaba descalzo haciendo rodar con una rama una vieja llanta por las polvorientas calles. Aquel pueblo, atacado todo el año por el calor sofocante y lleno de gente tan pobre como feliz, se llama Bellavista y se encuentra atrapado entre la selva y la sierra del Perú. Cuando los primeros gallos anuncian un nuevo día las mujeres, silenciosas, hacen malabares en las cocinas, usualmente de leña, mientras los hombres preparan los burros que han de llevarlos hasta el campo. Los abuelos de Omar Olivera partían a su rutina habitual todas las mañanas y volvían con los últimos rayos de sol. Él los acompañaba todos los fines de semana, días festivos o en las vacaciones escolares. Cada vez que no estaba en la escuela, estaba cerca de ellos. Montado en el burro que sus abuelos mantenían en su corral y bien sujeto a las espaldas de su abuelo, don Goyo Guevara, Omar Olivera se despedía de Bellavista entre caminos de tierra y horizontes verdes.

Varios años después, asentado ya en su vida de adulto, él sigue pensando que sin sus abuelos su vida sería muy diferente. En el campo le enseñaron el cultivo y trasplante de arroz, el cuidado y cosecha del cacao, y todo lo que ellos sabían sobre la vida de campesino. Pero sus enseñanzas fueron mucho más allá. “También me enseñaron a ser responsable y a preocuparme por las cosas que comience” —recuerda Omar. Y quizás le enseñaron mucho más. En cierta ocasión cuando Omar Olivera tenía unos 15 años, fue con un amigo que conocía desde la infancia a buscar trabajo como trasplantador de arroz. Los dos, abandonaron Bellavista rumbo a los arrozales a las cinco de la mañana. Encontraron a alguien dispuesto a ofrecerles un jornal de trabajo.

¿Tienen experiencia? —les preguntaron.
Sí, ambos tenemos experiencia —mintió Omar.

Él sí la tenía, pero su acompañante, tres años menor que él, no la tenía en lo más mínimo. De modo que, cuando se metieron a las pozas de barro, Omar instruyó a su novato amigo paso a paso sobre lo que tenía que hacer. “Con la mano izquierda agarras un puñado de brotes de arroz, con la derecha una parte del mismo y siembras. Asegúrate de que la raíz quede maciza en el barro”. Al final del día, todo parecía que había ido bien. A la mañana siguiente el capataz los volvió a citar en el lugar de trabajo. “Miren lo que han hecho”, les dijo señalando la poza de arroz donde ellos habían trabajado. Era un desastre. Los brotes de arroz que el amigo había trasplantado, flotaban en la superficie. Había que repetir el trabajo. Omar Olivera solo esbozó una sonrisa y le dijo al amigo que esta vez prestara más atención y que dejase en sus manos la mayoría del trabajo. El día en que la paga llegó, Omar dividió sin titubear el dinero en dos. A pesar de haber hecho casi todo el trabajo él solo, no se lo pensó dos veces y repartió la paga en partes iguales.

Varios años después, asentado ya en su vida de adulto, él sigue pensando que sin sus abuelos su vida sería muy diferente. Y es que es en ellos en quienes tuvo a verdaderos padres. “No he vivido mucho con mi madre”, asegura. Y su padre se fue de casa cuando él apenas tenía un año. A la edad de 16, impulsado por la curiosidad, Omar ahorró hasta el último centavo para viajar hasta Tarapoto, donde vivía su padre. Se tuvo que regresar entre prisas al tercer día. “Mi padre se emborrachó y vino a casa de mi tía, donde yo paraba, a querer golpearme”. El niño que impulsado por la curiosidad quiso conocer al hombre que lo engendró, tuvo que recoger sus pasos antes de lo planeado. Lejos de sentir tristeza o pena, para Omar fue como si un desconocido más se cruzase en su camino. “No sentí nada. Ni tristeza ni alegría. Nada”.

Cuando Omar Olivera hubo terminado los estudios de escuela secundaria y cumplido los 18 años, empezó otra vida. A pesar de las trabas hasta ahora encontradas, él siguió adelante. Después de algunos trabajos pesados, llegó a Lambayeque, donde empezó cociendo sacos mantas en un molino de arroz. Trabajaba varias horas seguidas por un sueldo paupérrimo. Los amigos que allí hizo le ayudaron a que, tiempo después, lo ascendiesen a personal de limpieza. Acostumbrado a trabajar inacabables horas, ahora que tenía una jornada de 8 horas diarias, sentía que tenía tiempo de sobra. Fue entonces cuando empezó a estudiar administración de empresas. Durante tres años, se la pasó limpiando de día aquel molino y estudiando durante las noches. No fue fácil, pero logró terminar la carrera con éxito. Él solo. Siguió subiendo escalones en la empresa, ahora era almacenero. En ese puesto estuvo durante un año, hasta que, haciendo horas extras, empezó a ayudar a su amigo el contable. Los dueños del molino se dieron cuenta de que necesitaban a alguien más en el departamento de contabilidad, y Omar, que ya llevaba tiempo aprendiendo los sistemas de contabilidad, fue el elegido. De modo que lo volvieron a ascender, esta vez a asistente de contable. Los últimos tiempos han sido un poco turbulentos en su trabajo. Omar vio que los problemas no se calmaban y no quiso continuar. “Me fui antes de que todo fuera a peor”. Ahora está a mitad de camino en la carrera de contabilidad en la Universidad Toribio de Mogrovejo en Chiclayo. Él solo. Siempre ha sido así. Él solo ha avanzado hacia adelante en medio de cualquier tempestad temporal.

Varios años después, asentado ya en su vida de adulto, él sigue pensando que sin sus abuelos su vida sería muy diferente. Y, sin embargo, si ellos hubiesen seguido con vida hasta ahora, él está convencido de que hubiese llegado aún más lejos en menos tiempo. Sea como fuere, aquel niño que iba al campo montado en un burro y abrazado a la espalda de su abuelo, aquel adolescente que pese a las dificultades se comportaba de forma justa con el dinero, aquel joven que un día quiso conocer a su padre, es ahora un hombre enfrentando el futuro, como siempre, él solo, con el recuerdo de sus abuelos y sus enseñanzas de vida bien aprendidas.


Omar de Jaén, Perú
Emas en las pirámides de Egipto
En el mundo de Emas el lugar más especial del planeta está donde viven mis amigos. En el mundo de Emas la lección más valiosa que podemos aprender de este planeta es el humanismo. En el mundo de Emas nunca se hacen planes, simplemente uno se deja llevar por la corriente del día a día. En el mundo de Emas no importa en absoluto que piensan los demás sobre ti, da lo mejor de ti para que estés orgulloso de ti mismo. En el mundo de Emas el momento más feliz es cuando uno está rodeado de buenos amigos.

Con su mejor amigo en Seúl
Hace más de dos años que estoy viajando alrededor del mundo. Durante este tiempo he hecho casi de todo. Por ejemplo, nadé con tiburones ballena en Cebú, hice paracaidismo en Nueva Zelanda y me atreví a comer cuy en Perú. Este viaje me ha enseñado mucho. ¿La lección más grande? Los corazones llenos de humanidad que te llegas a encontrar. Aún recuerdo cómo empezó todo. Fue mucho antes de empacar y dirigirme al aeropuerto por primera vez. En Seúl, mi ciudad natal, tengo un amigo que más que amigo se ha convertido en mi familia. Con él he compartido todos mis momentos. Hemos reído y llorado juntos desde que éramos unos niños. A ambos nos gustan las cosas únicas, así que hicimos unos planes únicos. Uno de ellos era viajar alrededor del mundo. En Corea del Sur, el servicio militar es obligatorio. Yo me alisté apenas terminé la secundaria. Pero aquí, nuestros caminos se separaron. Él decidió alistarse dos años después cuando yo ya lo había terminado. Y fue en ese entonces cuando yo empecé a prepararme para viajar alrededor del mundo. Cuando por fin llegó el momento de partir, esperé por su llamada, pero él no dio ninguna señal. Me sentía muy mal y no sabía muy bien qué hacer. Entonces, cuando yo ya estaba en el check-in vi que un hombre uniformado se acercaba hacia mí. Era él. No pude evitarlo, eché a llorar. Resultó que mi amigo se había herido una pierna durante su entrenamiento militar y no me había dicho nada porque no quería preocuparme ni interrumpir mi preparación para este viaje.

Ahora, a 20 de mayo del 2014, me encuentro en India, mi última parada. Hoy tomaré un autobús que me llevará a Mumbai. Hace un calor insoportable y son 16 horas de viaje sin aire acondicionado. Pero estoy emocionado porque seré el único extranjero en el autobús y yo vine a India a ver cómo vive la gente aquí. Así me he planteado todo este viaje. Ir a un lugar y convertirme uno con la gente local. Y ser feliz. Estoy seguro de que el 70% de las enfermedades vienen del estado mental. Si eres feliz, estás sano. Yo no tomo ninguna medicina y siempre tengo buena salud. Si tendría que dar un consejo a alguien le diría: “Siempre sé feliz. La vida es corta. Nunca, nunca te hagas enfermar a ti mismo.”

Haciendo paracaidismo en Nueva Zelanda
Ya he recorrido los cinco continentes, visitado rincones insospechados y, sobre todo, he hecho innumerables amigos de todas partes que se quedarán conmigo para siempre en mi memoria y mi corazón. Muchas cosas que jamás imaginé han pasado. Recuerdo que, hace ya un año, conocí a este loco francés en Las Vegas, quien me presentó a sus amigos. Viajamos juntos a través de Estados Unidos por alrededor de 10 días. Cuando nos despedimos supe que nos volveríamos a ver. Pero no sospeché que, un año después nuestros caminos se volverían a cruzar, esta vez en París. Allí, en su compañía, me sentí como en casa. Es una de las mejores cosas que me ha pasado en todo este viaje. No puedo describir la felicidad que sentí. Quizás sí puedo: cuando estoy feliz, bebo; cuando estoy triste, nunca bebo. Estuve en París durante nueve días. No hubo ni un solo día en el que no haya bebido.

Con un amigo, en mitad de su viaje
Este viaje ha cambiado mi vida. La vida es una elección. Y estamos aquí para hacer nuestra vida, no simplemente para vivir. He conocido a bastante gente que ha vendido todas sus cosas: sus casas, sus coches, todo por viajar. Incluso a quienes renunciaron a su trabajo. También a quienes no tenían dinero y trabajaron duro por un tiempo, ahorraron, y se movieron poco a poco para cumplir su sueño. Esta es la vida, una elección. La mía fue viajar alrededor del mundo por dos años. Y tratar de ver qué tipo de persona realmente soy. Volvería a repetir la experiencia una y otra vez. Y sobre todo, volvería a los lugares donde están mis amigos, aquellas personas que me brindaron hospitalidad sin pedirme nada a cambio y sin apenas conocerme. Porque en el mundo de Emas no hay mejor lugar para estar que donde están los buenos amigos.



Emas de Seúl, Corea del Sur.


El momento más feliz de mi vida fue cuando nació mi hija. Los sentimientos simplemente me invadieron, no puedo describirlo. Y de eso hace ya 32 años.

La verdad es que yo me casé de penalti, como se decía antes. Conocí a mi exmujer en la Costa Brava, donde yo estaba trabajando de camarero. Ella vivía en Alemania y estaba por allí solo de paso y fue un amor fugaz. Pero en cuanto supe que estaba embarazada, me marché a Alemania, por mi hija.

Cuando el día de su nacimiento llegó, no tengo palabras para describirlo. La verdad es que yo no me esperaba tener una niña, pero la primera vez que la tuve entre mis brazos fue increíble. Me temblaban los brazos. No tengo forma posible de expresarlo. Es algo que no se puede explicar con palabras.

Tres años después, tuve que volver a España al servicio militar obligatorio. Esos tres años que pasé en Alemania con ellas, fueron los mejores. Impresionantes. Al terminar el servicio militar, volví. Al final, a lo mejor por mi culpa, me fui de casa, pero nunca perdí el contacto con mi hija. Ahora ella es piloto en Estados Unidos. Y tenemos una relación maravillosa. Cuando puede, ella viene y me visita. Ahora estoy esperando a ver si se casa ya. 


Paco, de Almería, España.