Cuando, en la nochebuena
del 2013, Simona vio a Monder en su casa de Sicilia sentado junto al
árbol de navidad y abriendo sus regalos con ilusión de niño, ella
se planteó un objetivo más en la vida. Era la primera vez que él
celebraba una navidad. Y era la primera vez que ambos celebraban una
navidad juntos. Aquel objetivo que Simona se planteó en ese preciso
momento, que había de quedársele grabado para siempre en la
memoria, comenzó a germinar mucho tiempo atrás.
Simona hizo las maletas
rumbo a Málaga el primero de octubre del 2012. Vino con la ilusión
de una estudiante que visita tierras desconocidas. No imaginaba ni
remotamente que el amor allí la esperaba. El día que la encontró,
ella estaba en un bar céntrico de Málaga. Había ido junto a una
amiga a un intercambio de idiomas. Monder aquel día se sentía
malhumorado y solo quería que el día se acabara lo más pronto
posible. Hasta que un amigo lo llamó. “¿Quieres ir al intercambio
esta noche?”. Hacía mucho tiempo que no se veían y habían
hablado muy poco, pero fue como si aquella noche del 7 de marzo del
2013, Monder tenía que cruzar la puerta de ese bar Irlandés. “Vale.
Nos vemos en la plaza de la Constitución”.
“Al entrar, nos
encontramos con una amiga en común, y a su lado, una pequeña
belleza con carita de inocente”, recuerda él. Entonces todo
comenzó. Sabía lo que tenía que hacer, no podía ser de otra
forma, esta historia no podía tener otro final: “Tenía que
conquistarla sí o sí”. Las semanas siguientes Monder se inventó
cualquier pretexto solo por verla. ¿Un té por el centro? ¿Una
cerveza por la noche? ¿Un paseo por la playa? A él le valía
cualquier ocasión. Hasta que ya no eran solo pretextos, sino
cualquier camino que Monder pudiera labrar para llevarla al mismo
final: el amor. Buscaba sitios nuevos a la que llevarla, hablaba con
ella a todas horas, bailaban como si no existiera nada más... Todo
un proceso que para Simona fue espectacular. “Fue algo hermoso,
intenso e infinito —recuerda—. Nunca dejó de enamorarme”.
Monder recuerda con
alegría la noche en que supo que Simona sería su pareja. Habían
salido con unos amigos y se encontraban todos en la pista de baile.
Él bailaba con ella, arrimados por la estrechez del local. Los dos
aún estaban un tanto indecisos y se cruzaban las miradas cargadas de
sonrisas. Pero nada más. Hasta que un amigo le empujó por detrás y
le gritó: “Pero bésala ya, hombre”. Esa misma noche, ella se
había ido un poco antes del local. Monder caminaba junto a su amigo
por las calles desiertas. De pronto, una llamada. Terminó de hablar
y colgó el teléfono. “Que me ha llamado, tío. ¡Que quiere
verme!”. En un instante, despareció por las calles oscuras,
corriendo y saltando como un infante feliz.
Pero Simona era una
estudiante de Erasmus, de modo que el inevitable día en que tenía
que volver a Sicilia, llegó. Su estancia en Málaga se había
alargado hasta los 11 meses, pero septiembre del 2013 era la fecha en
que tenía que regresar. Cuando Monder veía que el momento de su
partida se acercaba, no quería siquiera imaginarlo. Él sabía que
su destino estaba a su lado y no podía concebir estar lejos de ella.
Así que llegó a la conclusión esperada: él también haría las
maletas rumbo a Italia. Aunque las dudas, los miedos y las
inseguridades lo asaltaron, al final todo fue superado. “No había
nada más importante que estar con ella”. Cuando se lo comentó a
Simona, ella pensó que estaba loco. “Desde luego un loco
enamorado”.
Poco o muy cuerdo, Monder
dejó Málaga para estar a su lado. No le costó adaptarse a su nueva
casa. Los amigos de Simona lo trataron como un hermano más desde el
primer día y él disfrutó de todo lo nuevo. “Aunque sea otro
país, saber que somos humanos hace que, con tener una moral
positiva, el mundo sea una única casa”. Esa moral positiva de
Monder es lo que más impacta a Simona. Para ella él es especial.
“Ojalá todos pudiéramos vivir con tanto énfasis”. Para él
ella es única. “Es una chica llena de alegría, que siempre busca
el lado bueno de las cosas”.
Ahora este español
especial y esta italiana única, disfrutan de su amor de la mano por
las calles de Sicilia. Nada hay de qué arrepentirse. Ven a su
relación como algo hermoso. “El amor no entiende de fronteras”,
dicen. Y así, juntos planean su vida: en algún momento por venir,
quieren dar la vuelta al mundo acompañados de otro ser: su futuro
bebé. Y su sueño, es simplemente seguir siendo igual de dichosos.
Igual o más que aquella nochebuena en que Simona vio a Monder
sentado junto al árbol de navidad, abriendo tantos regalos como
navidades que no había celebrado, y se planteó un objetivo más en
la vida: verle así de feliz por el resto de sus días.





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