Nació
en un pequeño pueblo pintado entre la sierra y la selva peruana,
trabajó desde niño en el campo, cosió sacos mantas, fue personal
de limpieza mientras estudiaba por las noches y llegó a ser ayudante
de contable. Esta es la increíble historia de Omar Olivera.
Cuando
Omar Olivera recuerda su niñez, lo primero que le viene a la mente
son sus abuelos. Por aquel entonces, era un niño más que jugaba
descalzo haciendo rodar con una rama una vieja llanta por las
polvorientas calles. Aquel pueblo, atacado todo el año por el calor
sofocante y lleno de gente tan pobre como feliz, se llama Bellavista
y se encuentra atrapado entre la selva y la sierra del Perú. Cuando
los primeros gallos anuncian un nuevo día las mujeres, silenciosas,
hacen malabares en las cocinas, usualmente de leña, mientras los
hombres preparan los burros que han de llevarlos hasta el campo. Los
abuelos de Omar Olivera partían a su rutina habitual todas las
mañanas y volvían con los últimos rayos de sol. Él los acompañaba
todos los fines de semana, días festivos o en las vacaciones
escolares. Cada vez que no estaba en la escuela, estaba cerca de
ellos. Montado en el burro que sus abuelos mantenían en su corral y
bien sujeto a las espaldas de su abuelo, don Goyo Guevara, Omar
Olivera se despedía de Bellavista entre caminos de tierra y
horizontes verdes.
Varios
años después, asentado ya en su vida de adulto, él sigue pensando
que sin sus abuelos su vida sería muy diferente. En el campo le
enseñaron el cultivo y trasplante de arroz, el cuidado y cosecha del
cacao, y todo lo que ellos sabían sobre la vida de campesino. Pero
sus enseñanzas fueron mucho más allá. “También me enseñaron a
ser responsable y a preocuparme por las cosas que comience”
—recuerda Omar. Y quizás le enseñaron mucho más. En cierta
ocasión cuando Omar Olivera tenía unos 15 años, fue con un amigo
que conocía desde la infancia a buscar trabajo como trasplantador de
arroz. Los dos, abandonaron Bellavista rumbo a los arrozales a las
cinco de la mañana. Encontraron a alguien dispuesto a ofrecerles un
jornal de trabajo.
—¿Tienen
experiencia? —les preguntaron.
—Sí,
ambos tenemos experiencia —mintió Omar.
Él sí
la tenía, pero su acompañante, tres años menor que él, no la
tenía en lo más mínimo. De modo que, cuando se metieron a las
pozas de barro, Omar instruyó a su novato amigo paso a paso sobre lo
que tenía que hacer. “Con la mano izquierda agarras un puñado de
brotes de arroz, con la derecha una parte del mismo y siembras.
Asegúrate de que la raíz quede maciza en el barro”. Al final del
día, todo parecía que había ido bien. A la mañana siguiente el
capataz los volvió a citar en el lugar de trabajo. “Miren lo que
han hecho”, les dijo señalando la poza de arroz donde ellos habían
trabajado. Era un desastre. Los brotes de arroz que el amigo había
trasplantado, flotaban en la superficie. Había que repetir el
trabajo. Omar Olivera solo esbozó una sonrisa y le dijo al amigo que
esta vez prestara más atención y que dejase en sus manos la mayoría
del trabajo. El día en que la paga llegó, Omar dividió sin
titubear el dinero en dos. A pesar de haber hecho casi todo el
trabajo él solo, no se lo pensó dos veces y repartió la paga en
partes iguales.
Varios
años después, asentado ya en su vida de adulto, él sigue pensando
que sin sus abuelos su vida sería muy diferente. Y es que es en
ellos en quienes tuvo a verdaderos padres. “No he vivido mucho con
mi madre”, asegura. Y su padre se fue de casa cuando él apenas
tenía un año. A la edad de 16, impulsado por la curiosidad, Omar
ahorró hasta el último centavo para viajar hasta Tarapoto, donde
vivía su padre. Se tuvo que regresar entre prisas al tercer día.
“Mi padre se emborrachó y vino a casa de mi tía, donde yo paraba,
a querer golpearme”. El niño que impulsado por la curiosidad quiso
conocer al hombre que lo engendró, tuvo que recoger sus pasos antes
de lo planeado. Lejos de sentir tristeza o pena, para Omar fue como
si un desconocido más se cruzase en su camino. “No sentí nada. Ni
tristeza ni alegría. Nada”.
Cuando
Omar Olivera hubo terminado los estudios de escuela secundaria y
cumplido los 18 años, empezó otra vida. A pesar de las trabas hasta
ahora encontradas, él siguió adelante. Después de algunos trabajos
pesados, llegó a Lambayeque, donde empezó cociendo sacos mantas en
un molino de arroz. Trabajaba varias horas seguidas por un sueldo
paupérrimo. Los amigos que allí hizo le ayudaron a que, tiempo
después, lo ascendiesen a personal de limpieza. Acostumbrado a
trabajar inacabables horas, ahora que tenía una jornada de 8 horas
diarias, sentía que tenía tiempo de sobra. Fue entonces cuando
empezó a estudiar administración de empresas. Durante tres años,
se la pasó limpiando de día aquel molino y estudiando durante las
noches. No fue fácil, pero logró terminar la carrera con éxito. Él
solo. Siguió subiendo escalones en la empresa, ahora era almacenero.
En ese puesto estuvo durante un año, hasta que, haciendo horas
extras, empezó a ayudar a su amigo el contable. Los dueños del
molino se dieron cuenta de que necesitaban a alguien más en el
departamento de contabilidad, y Omar, que ya llevaba tiempo
aprendiendo los sistemas de contabilidad, fue el elegido. De modo que
lo volvieron a ascender, esta vez a asistente de contable. Los
últimos tiempos han sido un poco turbulentos en su trabajo. Omar vio
que los problemas no se calmaban y no quiso continuar. “Me fui
antes de que todo fuera a peor”. Ahora está a mitad de camino en
la carrera de contabilidad en la Universidad Toribio de Mogrovejo en
Chiclayo. Él solo. Siempre ha sido así. Él solo ha avanzado hacia
adelante en medio de cualquier tempestad temporal.
Varios
años después, asentado ya en su vida de adulto, él sigue pensando
que sin sus abuelos su vida sería muy diferente. Y, sin embargo, si
ellos hubiesen seguido con vida hasta ahora, él está convencido de
que hubiese llegado aún más lejos en menos tiempo. Sea como fuere,
aquel niño que iba al campo montado en un burro y abrazado a la
espalda de su abuelo, aquel adolescente que pese a las dificultades
se comportaba de forma justa con el dinero, aquel joven que un día
quiso conocer a su padre, es ahora un hombre enfrentando el futuro,
como siempre, él solo, con el recuerdo de sus abuelos y sus
enseñanzas de vida bien aprendidas.
Omar de
Jaén, Perú



0 comentarios:
Publicar un comentario