En el primer recuerdo que tengo de mi
vida, soy un niño de cinco años construyendo un muñeco de nieve.
Es increíble pensar que ha pasado tanto tiempo y tener ese momento en mi mente de forma tan vívida. Yo acababa de recolectar un montón
de nieve con el que mis pequeñas manos formaban un gran círculo.
Era una tarde helada, mis dedos estaban fríos, pero yo era feliz.
Aquel día, yo ya estaba contento desde
hace mucho antes. Mis padres me recogieron de la guardería un poco
temprano. Eso solo significaba una cosa: algo especial o único nos
esperaba. De modo que tuve una sonrisa todo el camino. Fuimos al
lugar donde solíamos ir todos los inviernos: una enorme casa, una
especia de resort, en la punta de una montaña. A su
alrededor, solo bosque, excepto por un precipicio de nieve por el que
solíamos bajar en trineo. La casa estaba tan alta que era difícil
volver a subir. Por dentro, la enorme casa me impresionaba con su
gran fogata y sus cabezas de animales en las paredes. Habíamos
tardado unas dos horas en llegar desde Budapest. El lugar se llamaba Törökmező. Ese es el lugar de mi primer recuerdo; el lugar donde, con mis frías
manos, construyo mi primer muñeco de nieve.
Es un sitio mágico para mí, con
muchos momentos de mi niñez. Una vez, ya cuando tenía siete años,
le pregunté a una chica que a qué grado iba ella. Son las típicas
preguntas de un niño que no tiene mucha idea sobre la edad. Ella me
respondió que a primero. Pero claro, ella se refería a primero de
la escuela secundaria y yo, en mi inocencia infantil, pensaba que
hablaba de la primaria. Me quedé pensando por un momento: “Es un
poco vieja para estar en primero. ¿Cómo alguien puede fallar tantas
veces el mismo grado?”. Por todo este tipo de cosas es que este
lugar es especial para mí. Algún día me encantaría volver. Sé
que por una parte mataría la ilusión de aquel entonces, pero sería
muy bonito ir y revivir muchas cosas. Y quién sabe, a lo mejor
construir otro muñeco de nieve.
Levente de Budapest, Hungría.


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